Mi trasplante parte cuatro. El cadáver de la mosca

Aquí puedes leer las primeras partes de esta historia:

Mi trasplate parte 1: Pablo y César.

Mi trasplate parte 2: Tere y "Me voy, pero volveré".

Mi trasplante parte 3: mamá.

Las cosas mejoraron cuando subí a planta. A los pocos días me sacaron dos de los cuatro drenajes. Fue una de las sensaciones más desagradables que he sentido nunca, sentir cómo tiraban de esos tubos, tan anchos como un dedo meñique, que me perforaban los pulmones, y que me cosieran los agujeros sin ningún tipo de anestesia. Y a los dos días, los otros dos drenajes. Al menos, cada día estaba un poco más libre, con menos cables. También me quitaron la sonda de la nariz por la que me "alimentaban". Que en realidad, era contraproducente para mí. Por culpa de ésta me sentía incapaz de tragar las pastillas. Me dolía la garganta y no podía comer. Pero la sonda también se fue.

A los 9 días de mi trasplante, tuve apendicitis. Sí, buena fortuna la mía. Pero tardaron en darse cuenta de ello, porque en realidad no me dolía demasiado, ya que estaba hasta arriba de morfina, por lo que los médicos decidieron rebajarme los calmantes para averiguar si me dolía lo suficiente como para ser apendicitis. Y sí, lo era. Y sí, me dolía. Si has tenido apendicitis y sabes lo que duele, súmale el dolor de una cicatriz de lado a lado debajo del pecho. De nuevo a quirófano.
Comenzaron la operación tratando de hacer una laparoscopia (Exploración de la cavidad abdominal mediante la introducción de un laparoscopio a través de una pequeña incisión) Ésto supone que me extirparían el apéndice a través de unos pequeños cortes en el ombligo y el abdomen, que hincharían metiendo una especie de gas en mi estómago, pero debieron de darse cuenta de que no era demasiado adecuado hacer eso después de un trasplante. Se dieron cuenta después de rajarme el ombligo. Así que bueno, en resumen, me operaron de apendicitis con media laparoscopia... para al final rajarme de un lado, como en la vieja escuela. No sé muy bien qué pasó, pero las cosas terminaron así. No importa; estoy bien.

Pasaban los días y el dolor de las cicatrices se aguantaba, pero la espalda comenzó a torturarme. Era demasiado tiempo en cama, en la misma postura; mirando al techo, mirando a la nada. Y os contaré una historia que me hizo pensar mucho:
Sobre mí, en el techo, había un compartimento aparentemente cerrado, como un hueco para poner una bombilla, en el que había una mosca muerta descansando sobre el cristal. Estuvo ahí todo el tiempo, los 29 días que estuve en esa habitación. Nadie se daba cuenta de que ese ser se descomponía sobre mí, excepto yo. Y nunca se lo dije a nadie. Estuvo a mi lado, a su manera, las 24 horas del día. Esa mosca había visto cada segundo de mi dolor, cada paso de mi recuperación, todo el rato. Y yo no me sentía lo suficientemente fuerte como para estirar los brazos, subirme a una silla, sacarla sus restos de ese diminuto espacio, y dejarla descansar en paz.
No dejaba de pensar que quizá esa mosca podía ser yo. Ser un cadáver bajo la tierra, mientras el mundo seguía su curso. Y entonces me di cuenta de que esa mosca era como mi donante. Él estaba ahí fuera, "encerrado" en algún lugar, y yo nunca podría hacer nada por Él, sin embargo, Él lo había hecho todo por mí. Sino Él, su familia. Y mientras la mía celebraba la vida, en algún lugar cercano, alguien lloraba la muerte. Nadie esperaba que yo viviera demasiado tiempo. Nadie esperaba que Él viviera tan poco.
Y la mosca seguía ahí, sobre mí, velándome todas las noches. Solo yo entendía lo que era saber que esa mosca estaba muerta, y yo seguía viva, consciente de que su cadáver contemplaba mi resurgir.

No debía avergonzarme de mis cicatrices, de mis 88 puntos, de mi pecho, de mi abdomen. ¿Por qué ocultarlo? Es lo que soy, y lo que soy no es ofensivo, no es obsceno: es dolor, superación, y vida. No importa dónde se sitúe. Había una única persona, aparte de mí misma, a la que debía gustarle. Y la hay.

Y llegó el día en el que me dijeron que debía irme, y enfrentarme a una nueva de vivir, a un mundo diferente, a un mundo mejor. Y me fui de ahí sintiendo que abandonaba a la mosca, que quizá algún día no pensaba en ella, pero que ella, de un modo u otro, siempre estaba ahí, sobre mí, velándome.


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El mismo muerto de siempre

Una vez estuve enamorado. Estuve enamorado de Ella, pero a día de hoy, no sé por qué la abandoné. No sé por qué me fui. Pero me marché. No sabría decir cuánto tiempo ha pasado desde ese momento, pero han sido años. O eso me parece. Aún la veo por la ciudad, deslizándose a algún lugar que desconozco, y eso me parece extraño. No saber a dónde va, de dónde viene, a qué hora se ha levantado, ni si se ha acordado de desayunar. Porque a veces se le olvida. O se le olvidaba. A pesar de que la veo, Ella no me ve. Me lo dejó muy claro “Mira bien mi cara, porque nunca se sabe cuándo volverás a ver a una persona.  Y para mí ya estás muerto”. Y desde entonces, no me ha vuelto a ver, ni aunque pase por su lado.

Cuando estoy con una mujer, lo vivo tan intensamente que creo que al fin he vuelto a enamorarme. Y así una y otra vez, una y otra mujer. Pero cuando se acaba, de nuevo pienso en Ella. Nunca me acuerdo de mi última compañera, ni de la antepenúltima, ni de la anterior. Solo de Ella. Siempre.
La echo de menos. Quizá no a Ella, puede que solo a esa sensación que tenía con Ella. Aunque eso es Ella; sensaciones. Un torbellino de todo un poco. Si pudiera la abrazaría. Sé que nunca volverá a pasar, pero me encantaría hacer eso. Ni siquiera quiero volver con Ella, eso no podría pasar, nunca nos perdonaríamos demasiadas cosas, ni somos las personas que fuimos en aquéllos años. Tampoco quiero acostarme con ella. Pero me gustaría verla desnuda. No en plan porno. Solo de esa forma en la que Ella se desnuda y se queda dormida boca abajo, siempre boca abajo. Entonces le acariciaría la espalda y el pelo mientras la contemplo.

Pero yo estoy muerto, y Ella está cada vez más viva. Si antes la amé, ahora me volvería loco si la tuviera, porque es la versión mejorada de sí misma. Es mejor de lo que nunca ha sido.

Yo nunca volveré a ser lo que era; seguiré siendo el mismo muerto de siempre. 


Mi querido Cabrón

Mi querido Cabrón:


Olvidé que te quería. Lo hice de ese modo en el que olvidas tu mejor vestido en el fondo de un cajón y no lo echas de menos hasta que vuelves a toparte con él, dándote cuenta de que ninguna otra prenda te hacía sentir más guapa. Porque así me hacías sentir tú; la más guapa entre todas las mujeres porque, entre todas las mujeres, tú me habías elegido a mí.

Olvidé que era fuerte, olvidé que no solía llorar. Olvidé que había más personas en este mundo, porque solo era capaz de verte a ti.

Me sentía afortunada. La vida, las constelaciones, el universo, la Tierra o quién sabe qué te puso en mi camino. Podía disfrutar de tus caricias, de tus abrazos, de tu sonrisa. Sobre todo tu sonrisa; era lo que más me importaba. Deseaba que siempre estuviera ahí. Deseaba que mi nombre curvara tus labios. Mi querido Cabrón, tu sonrisa fue mi error.

Pero ha pasado mucho tiempo, y aún hoy sé que podría volver a ponerme ese vestido, pero ahora me doy cuenta de que con él tengo frío. Que me hace sentir bien un rato, pero me voy congelando poco a poco. Con él no soy yo, no me siento cómoda. Dios, siento tanto frío con ese vestido.

Mi querido Cabrón, nunca fuiste más que un simple vestido. Esa clase de vestidos que duran poco tiempo puestos, ese tipo de vestidos que se ponen para quitarse rápido.

Mi querido Cabrón, olvidé que te quería, si es que el amor se puede olvidar en algún sitio. Olvidé que sonreías, olvidé cómo hablabas. Solía olvidar que existías. Pero hoy te he recordado. Te he recordado, porque hace mucho frío.



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Lo que de verdad me importa

Las respuestas están aquí. Todas y cada una de tus preguntas se responden aquí. Están en mis letras, mis historias, mis ficciones, mis realidades. Estoy yo. Quien fui, quien soy, quien me gustaría ser. Están mis sueños y mis pesadillas. Mis metas, mis luchas, mis proyectos. Encontrarás mis desilusiones, ésas de las que no te hablo. Hallarás mis sonrisas, nadarás en algunas de mis lágrimas, revivirás conmigo algunas proyecciones. Todo está aquí, porque este contenedor cibernético es lo que soy. Es mi versión más sincera, son mis confesiones. Esto es mi medicina, mi párroco, mi vertedero. Ésta es la forma más rápida de llegar a mí. La única forma en la que me dejo ver. Es probable que no sepas interpretar algunas cosas. Quizá ninguna. Puede que todas.

Es fácil responder a una pregunta, pero más fácil lo tiene el que espera una respuesta. Lo difícil es buscar. Esforzarse. Escarbar. Bucear entre la miseria y encontrar la luz y qué la alumbra. Esquivar las sonrisas, encontrar la tristeza y qué la causa. Descifrar el enigma que se esconde en cada texto. Interesarte en lo que de verdad me importa.


Entonces será cuando empezaré a creer.


No estuviste ahí

He estado a punto de morir y no has estado ahí. No pasa nada, he sobrevivido, estoy viva, pero tú no estuviste ahí. Sabes por lo que pasé, te lo han contado, lo has leído, casi lo has visto. Ni una visita, ni una llamada, ni un mensaje. No estuviste ahí. No esperaba tanto, solo un reflejo, una sombra, algo que me recordara que te acordabas de mí. Pero no, no estuviste ahí. No pasa nada, sigo viva, pero tú no estuviste ahí.

Sigo viva, y quizá nos encontremos por la calle algún día y, ¿qué pasará? Me sonreirás, me saludarás, querrás abrazarme, me preguntarás “Oye, ¿qué tal estás?”, como si realmente te interesara, pero no estuviste ahí. Compartimos momentos importantes de nuestra vida, y si no importantes, simplemente momentos. Pero no estuviste ahí.

Pero yo sí estuve. Algún día lejano me llamaste, me pediste consejo, me invitaste a tu fiesta de cumpleaños un día en que estaba cansada y solo quería dormir, un hueco en mi cama, un plato en mi mesa, un te quiero. Y cuando yo no tenía fuerzas para gritar tu nombre, tú no estuviste ahí. En el abismo, en las tinieblas, rodeada de tierra infecta, tú no estuviste ahí.

Y ahora que conozco a la muerte del mismo modo que a la vida, que diviso sus finos hilos, ¿esperas algo de mí? Hoy he sido yo, pero quizá mañana seas tú. ¿Merece alguien como tú un fiel consuelo? ¿Merezco realmente yo tan vil indiferencia?

No te confundas, erróneamente considerado amigo, no creas que me robas el sueño. Generosamente pretendo llenar mi cuaderno de reflexiones, y si con ellas logro presentarte a ti mismo, te habré ofrecido el castigo que mereces. Porque tú no estuviste ahí. Y a ti mismo no te encontrarás.

¿Qué debemos hacer ahora? Finjamos que nunca he desglosado la lista de mis fortunas y en ella no te he encontrado, pues mala suerte haberte un día topado, y gran regalo atrás haberte dejado.


Porque no estuviste ahí, pero si algo me has demostrado, es que en ti la cura no habría hallado. 


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Inmune al dolor

A ti. Veamos los colores de los cuadros.




Muchas veces me quedo mirando al vacío desde la cama de mi habitación. Siento que llevo toda la vida en ella, pero un día mis horizontes parecían infinitos. Ahora, lo que parece infinito es el dolor. No sé en qué momento me volví inmune, en qué momento dejé de luchar contra él, en qué momento comenzó a fortalecerme; no podrá conmigo.

Estoy demasiado cansada. Cansada de tener que decir que no, cansada de echar raíces sobre el colchón, de dejar escapar momentos con mis amigas, de tener que decir “cuéntamelo todo” en vez de “tengo algo que contarte”. Tengo tantas cosas por hacer, tantos planes por cumplir, que mis huesos no aguantan con todo. El peso de mis sueños los está destruyendo. Un poco de hierro aquí, otro poco de metal por allá, pero siguen descomponiéndose. Un zapato ortopédico que no me pega con los vestidos, silla de ruedas de vez en cuando, un bastón. ¿Quién soy? Esa es la pregunta a la que trato de responder en la ausencia de mí misma, cuando escapo de mi cuerpo en el vacío de mi habitación.

Me regocijo, lo reconozco, y lo hago repitiendo en mi cabeza la película de mi propia vida, del pasado, de lo que fui. No es que haya tenido un pasado épico, pero siento que era algo. Siento que era un libro con final secreto, que tenía cosas por descubrir, mientras ahora es fácil predecir cómo acabará todo.

Desánimo, pesadillas, insomnio, cansancio, lágrimas… Una y otra vez se repite el ciclo. Y dolor, siempre dolor. A veces suplico a La Nada para que pare, pero por eso se llama Nada.

¿Qué hago? Yo no soy así. Siempre he sabido ver los colores primarios enturbiados por los fríos tonos. Veo el campo de batalla, veo las balas dirigiéndose hacia mí, veo las nubes tapando el sol, los buitres posados en las ramas de los árboles.

¿Cuándo me volví tan ciega? Porque no es solo eso lo que me rodea. Puedo ver también el ejército que me acompaña; está todos ahí, dispuestos a luchar conmigo, dispuestos a morir por mí. Algunos silenciosos, otros demasiado expuestos, pero todos a mi lado. Y las balas… Pobres de ellas si deciden rozarme, porque mi piel está hecha de acero, fortalecida con los golpes y las guerras ganadas, y dentro de esa piel hay una mente mucho más poderosa que ningún proyectil. Y aunque las nubes me tapen el sol, aún alcanzo a ver los rayos que iluminan un horizonte que aún me aguarda.

La vida es un juego de guerra, con periodos de paz y de lucha. Si tengo que cargar las armas, cuidado; soy una heroína.







Mi trasplante parte tres: mamá.

Pinchando aquí podéis leer la primera parte de la historia.

Pinchando aquí podéis leer la segunda parte de la historia.

Eran las 2:00 de la mañana de un 30 de marzo. Las puertas del quirófano se cerraron y mi familia quedó atrás. En ningún momento me paré a pensar que podía morir. En realidad, solo pensaba en la anestesia. Nunca me habían operado de nada, y no sabía cómo me sentaría. César me había dicho que era como cuando te acuestas en cama súper borracho después de una noche de fiesta.

-¿Puedes levantarte para pasarte a esta cama? –me preguntó la enfermera, señalando la mesa de operaciones bajo un foco que casi me deja ciega.

-Mira que me hacéis trabajar… -les respondí sonriente.

-Ahora tienes que sentarte y te vamos a poner la epidural –me dijo el anestesista. Y así lo hicieron. No me dolió o, si lo hizo, no lo recuerdo.

-Oye, ya que os ponéis a abrirme el pecho y tal, ¿me podéis poner un poco de tetas, de paso? Aunque sea meterme unas gasas para hacer bulto, o algo –bromeo. Comenzaba a sentirme bastante drogada. El equipo se rió.


Una rejilla de esas del conducto de ventilación. Fue lo primero que vi al despertar. La miré fijamente y me pregunté dónde narices me encontraba. “Joder, es cierto, ¡que me han trasplantado!”, pensé, “¡Y estoy viva!”. Pero no me podía mover. Había médicos que me exploraban, y comencé a sentir un calor enorme. Me asaba. Traté de quitarme las mantas con los pies, pero no era capaz. Mi cabeza funcionaba perfectamente, pero el cuerpo no respondía.

-Le están dando convulsiones –dijo un médico.

-“¡Qué no, que no son convulsiones! ¡Qué tengo calor!” –pensé. Pero no podía hablar. Los médicos siguieron examinándome para averiguar porque me movía así-. “Vale, Andrea, quédate quieta, a ver si van a pensar que te ha dado algo chungo”.

Al cabo de un rato pude moverme y fui más consciente de la situación; me encontraba en reanimación, entubada (por lo que no podía hablar), con dos drenajes a cada costado, una sonda en la nariz para alimentación y otra para orinar, monitorizada, un catéter en el cuello, y atada a la cama para no alborotar todos los cables. Vamos, que todo mi ser se redujo a cables. Pero no sentía dolor (pobre de mí, la que me esperaba).

Los médicos me trajeron una pizarra para poder comunicarme con ellos.

-¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras?

-Agua –escribí. Jamás en mi vida había sentido la garganta tan seca y tanta sed.

-No puedes beber, estás entubada. –Borraron la pizarra y me la dieron de nuevo.

-Agua –volví a escribir.

-Que no puedes beber –dijo alguien con una media sonrisa.

-Calor –escribí. Y al fin me quitaron las putas mantas.

Mi madre entró vestida como un pitufo verde, con la mascarilla y el gorro que hacía apenas unas horas yo también había llevado. Pensé en ella y, por primera vez, me dio miedo morirme. No por mí, sino por ella. Una madre no debería enterrar a un hijo nunca, yo no podía hacerle eso. Porque ella también estaba enferma conmigo, en cierto modo. Ambas nos habíamos operado aquella madrugada, y ella había sufrido más que yo. En realidad, muchas personas se habían operado conmigo ese día.
Mi tía, yo, mi madre.
-¿Qué tal, mi cariño?

-Estoy viva. Te quiero –escribí.

-He hablado con el doctor, ha dicho, literalmente “los pulmones eran excelentes, ha sido una operación de manual”. Dicen que a veces hay complicaciones con no sé qué del corazón, que puede ser habitual, pero a ti no te ha pasado nada de nada. Todo genial, mi cariño.

Hacía tiempo que no la veía llorar de felicidad. O simplemente feliz. La veía fingir ser feliz, y yo fingía que me lo tragaba, pero ahora era verdad.

Los médicos volvieron más tarde y me desentubaron. No sentí dolor alguno, porque aún quedaban rescoldos de anestesia. Solo estuve unas horas con el tubo, y era una sensación extraña, porque notaba como el aire entraba por mi garganta, secándomela dolorosamente.

-Agua –quise decir, pero no me salía la voz.

-Aún no puedes beber hasta dentro de un rato. –Una enfermera me mojó los labios con una gasa, y tuve que conformarme.

Solo podían visitarme una hora al día y dos acompañantes como máximo, así que mi madre se marchó pronto y me quedé sola, pudiendo analizar mejor el entorno. Reanimación es lo peor que he vivido en el hospital: no es una habitación, es un cubículo en forma de “U” en el que te meten, a vista de todo aquel que pase por el pasillo, desnuda, con las luces encendidas las 24 horas del día, donde no te puedes mover, la cama no tiene mando, no hay timbre para llamar a las enfermeras, ves a los familiares de otras personas pasar a ras de tus pies... Y otros horrores que mi mente ha borrado. Pero tengo suerte. Tengo suerte porque me caigo muy bien a mí misma y disfruto de la soledad. No, ahora en serio, tengo mucho mundo interior, constantes ideas, planes, pensamientos e historias que me entretienen y me convierten en una persona que no necesita atención ni apoyo constate, sé autoconsolarme bastante bien, así que el tema de la restricción de visitas no me afectó, pero creo que debe de ser muy duro para los que necesitan a alguien al lado continuamente.

Médicos, enfermeras, y vete tú a saber quién más venían de vez en cuando. Era gracioso, porque yo no me acordaba de ninguno de ellos, y ellos me llamaban por mi nombre y me gastaban bromas, y yo fingía que las entendía y que me enteraba de algo, pero no sabía quiénes eran esas personas. Los dos primeros días no sentí dolor porque los efectos de la anestesia aún duraban. Estaba bastante drogada. Recuerdo que le dije a mi padre “Pa, esto está siendo mucho más fácil de lo que me esperaba”. Pero llegó el tercer día y con él, el dolor.

7 días. 7 largos días estuve en reanimación. Entre los que tuve que vivir la muerte de mi compañera de al lado, junto a los llantos de su familia al ver el cadáver. Comencé a tener alucinaciones a causa de la medicación, y me parecía escuchar música en gallego a todo volumen, aunque eso no es nada en comparación a otras alucinaciones que me han contado mis compañeros (que se les incendia la cama, que todo se llena de agua…). Me quedo con la música en gallego.

El pecho me ardía y no me sentía las tetas (que, por cierto, no me aumentaron los muy malvados, ya me podía haber metido un par de calcetines). Sentía como una bola de fuego me quemaba. Y sentí la necesidad de toser. Tenía una flema en el pulmón, solo una, pero no me encontraba con fuerzas para echarla. Intenté toser y la flema subió, pero se quedó en la garganta y comencé a asfixiarme. No podía respirar, ni toser, sentía arder el pecho, como si se me fuera a abrir en dos por el esfuerzo. Había un médico a mi lado, al que no había visto antes ni volví a ver.

-Tranquila, trata de respirar –me dijo mientras me miraba.

-“¡Me estoy ahogando hijo de puta!” –pensé mientras le hacía aspavientos con la mano.

-Respira por la nariz y echa por la boca.

Rápidamente vino una enfermera con un aspirador que me introdujo por la garganta y aspiró toda la mierda llena de sangre que pudo. El aire volvió a entrar lentamente en mis pulmones.

-Bueno, ya pasó –dijo el médico. Y se fue (esperemos que al infierno).

-A veces los médicos no están preparados para estas cosas. Pero para eso estamos las enfermeras –me dijo la sanitaria.

Lo peor era la hora del “baño”. El dolor era infinito. Imagínate al Doctor Octopus, el de Spiderman (que friki soy), pues esa era yo con los drenajes en los pulmones. Me lavaban en la cama, me ponían de un lado sobre los drenajes, la espalda, y luego del otro lado. Dolor. Frío. Dolor. Frío. Dolor. Frío. Dolor. Dolor. Dolor. Ganas de morir. Pero no mueres.

La palabra dormir desapareció de mi vocabulario. Y comencé a descender a los infiernos de la apatía, de no querer ver a nadie, de no querer reír, de no querer estar viva.

Y el trasplante comenzó a parecerme un error. Qué estúpida por pensar eso.


Continuará...





Mi trasplante parte dos: Tere y "Me voy, pero volveré"


Colgué el teléfono y dejé correr algunas lágrimas.
–Non chores, que choro eu tamén (No llores, que lloro yo también) –me dijo Anabel.
–Puff, es que no contaba con esto para nada. Se supone que estaba en lista de espera provisional, que no me iban a llamar. Había conseguido tomar el Orkambi después de dar mucho por el culo y estaba en lista por si me daba un efecto secundario muy fuerte. Pero no tenían que llamarme. No sé si estoy preparada, no llevo ni dos meses en lista de espera, ni siquiera he ido a la charla…
Miré el teléfono y llamé a mi hermana.
–Iria, ¿qué haces?
–Estaba a punto de entrar en una tienda a hacerme un pearcing en la nariz.
–No te asustes. Coge un taxi y vente a mi casa cagando hostias. Me han llamado del trasplante.
–Voy para ahí.
Llamo a mi padre.
–¡Hola, cari!
–Hola, pa. No te ralles, pero me han llamado del trasplante.
–Vale, estate tranquila, voy para ahí.
–No, mejor no vengas. Ya vendrás mañana, no quiero malos rollos. Mañana vienes, cuando esté todo hecho ya.
–Pero, ¿cómo no voy a ir? Voy a ir, eres mi hija.
–Pero va a estar ma e Iria. No hace falta más gente que son muchas horas.
–No sé…
–Pa, te tengo que colgar que tengo que coger cosas para ir al hospital.
–Te quiero.
–Y yo también.
Después llamo a Teresa, una de mis mejores amigas, de esas de la infancia. Móvil apagado. Llamo a su madre y le cuento la situación. Me dice que tratará de ponerse en contacto con ella, que esté tranquila, que todo saldrá bien (es médico).
Le envío un mensaje a Jose para avisarle de que he recibido la llamada y se cancela la cena. Llamo a César para avisarlo también. Me doy cuenta de que posiblemente no tenga tiempo de avisar a todos mis amigos de lo que ha sucedido, así que se me ocurre publicar en Facebook el siguiente mensaje:

Me acaban de llamar para el trasplante. No sé qué pasara. Pero gracias a todos los que habéis estado a mi lado.
Aún queda saber si soy válida.”

Mi hermana Iria fue la primera en llegar. Al poco llegó mi madre con mi hermana Carla. Nos subimos al coche con lo que llevábamos encima y pusimos rumbo al hospital.
Al llegar, mi madre nos dejó en la planta 4º mientras ella iba a admisiones y a enterarse de qué teníamos que hacer. Mi mochila de oxígeno se quedó sin batería al poco rato y apenas podía respirar. No había tenido tiempo de cargarla, pero en vez de angustiarme, pensé “Si soy compatible con el donante, no tendré que llevar esta mochila nunca más. Se acabó vivir pendiente de una batería o de un enchufe”.
Mi madre llegó con los papeles y la seguí, no sé ni a dónde. Ese hospital era su segunda casa, pero parecía un laberinto. Lleva casi 30 años trabajando en él. He de reconocer que tengo mucha suerte de tener el hospital a 10 minutos de casa y no tener que moverme a otra ciudad que realice trasplantes, como le ha ocurrido a muchos de mis compañeros.
Y de repente, me encontraba en la planta 11, neumología, esa en la que siempre terminaba tarde o temprano, donde todo el mundo me conocía ya.
Tere me llamó.
–¿Es válido el donante? –me preguntó.
–Aún no lo sé.
–Hago la maleta y estoy ahí en media hora.
–Ponte plastilina en los calcetines.
Tere y yo de balneario
Tere es de A Coruña, como yo, pero estudia en Santiago de Compostela. Podría decir de ella tantas cosas, que contar solo un par de ellas me parece injusto para las mil restante que no pueda contaros. De pequeñas fingíamos ser brujas, y nuestra seña de identidad era ponernos plastilina en los calcetines porque nos daba “suerte”. Nuestras madres nunca llegaron a saber cómo narices manchábamos los calcetines de esa manera. Ahora ya saben la verdad. Con el tiempo aprendí que la suerte no existe ni es atraíble, solo la considero una anomalía estadística. Tere siempre ha estado ahí en mis momentos más bajos, en los peores que recuerdo, casi más que en los mejores. Es como Spiderman, aparece cuando más la necesitas. Creo que de mis amigos, es la que más sabe de mi vida y de todo lo que pasa por mi cabeza. Y yo siempre le predigo su futuro, porque casi la conozco mejor de lo que se conoce a ella misma (solo a veces). Con ella me fui de balneario, junto a mi mochila de oxígeno. Sí, esas cosas que hacen los amigos por las personas que llevan oxígeno 24 horas.
Las enfermeras me sacaron no sé cuántos miles de tubos de sangre, pero juro que nunca en mi vida me habían sacado tanta sangre. Tuvieron que hacerlo por dos vías distintas. Me dieron unas pastillas y me dijeron que había que esperar para saber si el donante y yo éramos compatibles, que solo se podía saber viendo los órganos del donante, y que estaban en ello.
En la habitación estábamos mis hermanas Iria y Carla, mi madre y yo. Al poco llega mi padre. Es importante saber que mis padres están divorciados y que muy amigos no son (suficiente información). Mi madre y Carla salen de la habitación y se cruzan en la puerta con él.
–Tranquila, va a salir todo bien –le dice mi padre a mi madre.
–Sí, lo sé.
Se dan la mano, con la voz entrecortada. Creo que debe de ser la primera vez que se tocan en 15 años.
–Te dije que no hacía falta que vinieras –le digo a mi padre.
–Pero tenía que venir, ¿cómo no voy a venir?
–Era por evitar malos rollos.
–Ahora no importan los malos rollos, ahora importas solo tú y lo demás no existe.
–Bueno, vale. –No me apetecía discutir.
Llega Tere. Me parece que ha llegado rapidísimo para venir desde Santiago. Entra acelerada y con los ojos vidriosos.
–¿Ya estás aquí? –le pregunto sorprendida.
–Creo que me han puesto dos multas, por el camino he visto dos fogonazos, estaba nerviosa y no sé ya ni a cuanto conducía.
–Es que no has tardado nada en llegar. No hacía falta que vinieras…
–Ya… Pero quería venir, quería estar aquí contigo, ni me lo he pensado. ¿Sabes algo ya?
–Aún nada.
Al instante entra alguien del personal sanitario (no recuerdo si era hombre o mujer, ni de dónde salía).
–Los pulmones son válidos. En un rato te bajamos a quirófano. Tienes que ducharte con esto y ponerte la ropa verde estéril –me entrega un camisón verde transparente, un gorro y unas calzas del mismo color y tejido.
Tere me ayuda a ducharme con una cosa que parecía Betadine. Me lavo el pelo con Gel de ducha. Cuando acabo, Tere me ayuda a secarme y me miro el pelo, súper enredado. Trato de mejorarlo un poco con las manos, pero es imposible.
–¿Y ahora cómo me peino? Si salgo así de quirófano terminaré con rastas.
Tere mira de reojo el neceser de la señora de al lado. Sonrío.
–Eso está mal –me dice.
–Mira a ver si tiene un peine.
Y lo confieso. Le robé el peine a la anciana de al lado. Bueno, no se lo robé, solo lo tomé prestado sin su permiso, y lo lavé a conciencia. Lo dejé como nuevo. Eso no puede ser delito.
Me visto con el “chándal” verde y me meto en la cama. Un par de horas después, me bajan a quirófano. Mis padres, mis hermanas y Tere me siguen junto al camillero. Me recuerda a un camino a la morgue. Pero no estoy nada nerviosa (a día de hoy reconozco que es porque no tenía ni puta idea de lo duro que sería después). Parte del equipo que me operará se me presenta, con alegría y simpatía, como si no fueran a abrirme el canal de lado a lado como a un cerdo. Supongo que pretenden que no entre nerviosa, pero no lo estoy.
–Bueno, aquí tienen que despedirse de ella –dice la coordinadora del trasplante.
–Chao –digo sin más, sonriendo y saludando con la mano.
–Chao, mi cariño –dice mi madre.
–¡Me voy, pero volveré! –añado. Mi madre se ríe.
“Me voy, pero volveré”. No es una frase cualquiera. Yo no lo recuerdo, pero mi madre siempre me recuerda una anécdota en la que cuando yo era pequeña, estábamos en el salón y yo no quería comer (como de costumbre), entonces ella me castigó mandándome a mi habitación. Y yo me levanté toda orgullosa, con los puños apretados y, al llegar a la puerta, con el dedo índice apuntando al cielo, me giré y le grité: ¡Me voy, pero volveré!

Porque yo, siempre vuelvo…

Mi madre, mi hermana Iria, yo, Tere y mi hermana Carla.


Continuará…

Mi trasplante parte uno: Pablo y César.


Martes 29 de marzo de 2016.
César me llamó por la tarde para preguntarme si me apetecía hacer algo. Le dije sí, aunque en realidad no me apetecía. Pero, ¿qué iba a hacer si no? ¿Quedarme en casa otro días más, amarrada a una máquina de oxígeno como un perro a su correa? Porque es como me sentía desde hacía meses. Así que le dije que podíamos ir al Vequio, una cafetería algo cara, pero que tenía unos batidos muy ricos y enchufes por todos lados; porque eso nos interesaba, los enchufes para cargar la batería de mi máquina de oxígeno.
Para quien no lo sepa, César es uno de mis mejores amigos. A veces podría parecer que es mi novio, pero eso sería como un insulto, porque es mejor que eso. Aunque a su madre yo la llamo cariñosamente “mi suegra” porque, ¿la madre de qué amigo se va de balneario y me trae de regalo una crema corporal? Pocas. César y yo nos conocemos desde que tenemos 3 años porque íbamos al mismo colegio pero, como no coincidimos en la misma clase nunca, así que hasta los 16 años aproximadamente no nos hicimos verdaderos amigos. Así que ya llevábamos 8 largos años aguantándonos. En todos esos años, estuvo en mis ingresos hospitalarios, cargó con mi mochila de oxígeno, alabó mis conquistas, criticó mis desamores, y “odió” a mis ex novios por no ser lo suficientemente buenos para mí.
En fin, que me vino a buscar sobre las 17:30 y nos dirigimos al centro comercial, yo sufriendo por respirar a cada paso, y César llevándome la mochila. Me pedí un zumo de naranja natural bien coladito y un bocadillo de jamón serrano. César tenía cosas que hacer por la tarde, así que decidimos separarnos por un tiempo y quedar para cenar y ver Orphan Black, la nueva serie que habíamos empezado a ver online. Llamé a Jose para que viniera también, y quedamos en mi casa a las 22:00. Jose es otro gran amigo, y se ofreció a cocinar setas con no sé qué, porque sabe que me encantan las setas (o quizá le apetecían a él).
Subí lentamente las escaleras de mis dos pisos y me conecté rápidamente al oxígeno casero para subirlo a 6 litros y poder recuperarme del esfuerzo. Después lo bajé a 3 litros, como era costumbre. Me levanté del sillón de mi habitación, y 10 segundos después sonó el teléfono Motorola de tapa, ese que ni cámara tenía. Me lo había comprado únicamente para que me llamaran del trasplante, pero estaba segura de que otra vez eran los pesados de Vodafone o Moviestar que querían ofrecerme algo. Nadie más que los médicos sabían ese número. Ni mi madre, ni mi padre, ni yo misma. Nadie. Pero ya el primer día que lo había compra me había llamado un comercial, algo que no comprendía, porque existe algo de que se llama ley de protección de datos, pero bueno. Levanté la tapa con tranquilidad, y carraspeé la garganta para gritarle al comercial que creía que se encontraba al otro lado.
–¿Eres Andrea Vilariño?
–Sí.
–Soy Fulanita de Tal, te llamo de la unidad de trasplantes del hospital. Ha aparecido un donante que es perfecto para ti.
Se crea un silencio sepulcral. No podría escribir qué pensé, porque no pensé. Solo estaba ahí, de pie, con los gritos silenciándose en mi boca.
–¿Te estoy dando un susto de muerte, no? Tú tranquila. A partir de ahora no comas nada. Tienes que venir para el hospital cuanto antes, e ir a la cuarta planta, la de admisiones y decir que te han llamado para un trasplante. ¿Cuánto crees que puedes tardar?
–No lo sé. Una hora como mucho. Voy para ahí.
Y colgué el teléfono. Grité todo lo fuerte que pude y me dirigí a la cocina. Anabel, mi compañera de piso, estaba ahí. Me costaba respirar, así que volví a subir los litros del oxígeno.
Qué pasou? (¿Qué pasó?) <El gallego me parece demasiado bonito para omitirlo, así que lo escribiré en los dos idiomas>.
–Me han llamado para el trasplante.
Qué dis? E agora que tes que facer? (¿Qué dices? ¿Y ahora qué tienes que hacer?)
–Ay, no sé, no sé. Tengo que pensar. Voy a llamar a mi madre.
–Ma. No te pongas nerviosa. Me han llamado para el trasplante. Tenemos que ir ahora para el hospital –le digo a mi madre.
–Ah, ah, ah… Vale, vale. Voy para ahí.
–Pásame a Pablo.
–¡PAAAAAAAAABLOOOOOOOOO! ¡ES TU HERMANA, CORRE, PONTE AL TELÉFONO!
–¡Hola! –me responde.
–Hola, mi amor. ¿Qué tal hoy en el cole? –hago verdaderos esfuerzos por no llorar al pensar que puedo no volver a oír su voz al día siguiente.
–Bien. ¿Ya te han llamado para los pulmones nuevos?
–Sí.
–¿Y ya no vas a tener que usar oxígeno? ¿Y podrás correr? ¿Y ya no vas a toser más?
–No.
–¿Y qué pasa si la operación sale mal?
–No va a salir mal.
–¿Pero qué pasa si pasa?
–Pero eso no va a pasar.
–¡Ui, ui, ui, ui ui…!
–Pero que sepas que te quiero más que a nada en el mundo.





Por haberte conocido

Como las plantas en macetas,
Mi espacio reducido
Quería atraparte en mí.

Como los peces en peceras,
Mi esfera transparente
Quería ser tu Tierra
Y ser yo un Dios en ti.

Como cometas en la niebla
Surcamos horizontes,
Volamos muy deprisa
Y yo sin ti caí.

Vi como volabas
Con la mirada fija,
Sin deparar si yo
Seguía aún ahí.

Después de tanto tiempo,
Maldigo a mi cordura,
Bendigo a mi inocencia,
Por haberte amado así.

Olían más las rosas,
Sabían mejor los besos
Que un día a ti te di.

Tras mucho conocerte,
Quererte y adorarte,
Mi vida es suficiente,
Ha de acabar aquí.

Por haberte conocido,
Perdí la fe en el mundo,
Murieron mis quereres,
Sin nada yo me vi.

Adiós, amada mía,
Seamos mariposas
Marchémonos deprisa
Será mejor así.



Lágrimas saladas, pérdida de dignidad

No recordaba que las lágrimas eran tan saladas. No recordaba que llorar entumecía la garganta y me impedía hablar. Ahora creo que es mentira eso que sucede en las películas, cuando alguien habla tan digno mientras las lágrimas le resbalan por la cara, porque juro que traté de mantener la dignidad delante de ese desconocido, pero no pude. La voz apenas me salía y casi tuve que susurrar. 

Él no me esperaba así, joven. Y yo no lo esperaba a él así, joven. Así nos lo hicimos saber. Me dijo que era nuevo en la zona. Siempre me atendía un gordo con cara de gilipollas que me caía bastante mal. Estoy demasiado enfadada como para apiadarme del gordo. Ayer me había hecho ilusiones porque me iban a cambiar la máquina de oxígeno por una más pequeña, mucho más, cuya batería duraba 4 horas. Y todo esto, tras reclamar en dos ocasiones, y tras conocer a un hombre de 64 años que tenía una así, casi tan pequeñita y manejable como yo. Sin ruedas, para llevar a la espalda, sin dependencia de un Hulk que me las subiera por las escaleras. Ahora tengo una máquina mucho más grande, mucho más pesada, mucho más visible, mucho más fea, mucho más ruidosa, pero cuya batería dura más. Ahora tengo una cabreo mucho más grande, mucho más pesado, mucho más visible, estoy más fea, más ruidosa, y no sé cuánto tiempo voy a durar. Porque, me cago en la puta, ¡el tamaño sí importa!

Me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado mi vida cuando mi "alegría" se sustenta en conseguir una máquina más pequeña. Ya no en un vestido nuevo, ni en aprobar un examen sin casi haber estudiado, ni en que pongan una canción de AC/DC en un garito de perreo. 

Realmente, ahora solo quiero pegar a todo el mundo, romper la máquina con un martillo. Quiero no ser fuerte, Quiero dormir todo el día, y toda la noche, y todo el día, y toda la noche. Quiero darle un puñetazo al puto gordo.

Y odio a las personas sanas, así que voy a recordarme a mí misma un fragmento de SOLO RESPIRA. Y después a dormir. Ah, no, que tengo fisioterapia en el hospital. Con suerte el mundo se habrá acabado antes de las 12:30 y podré saltarme la sesión. 

"Todos queremos lo que no podemos tener. Yo no puedo correr, y por eso desearía poder hacer footing todos los días, pero no me dedico a odiar a los que pueden hacerlo y no lo hacen. Tadeo desearía poder escuchar música. Alberto desearía poder tener las dos piernas. Yo no deseo tener piernas, porque ya las tengo, ni deseo poder oír música, porque ya lo hago. Los enfermos desean lo que no tienen: salud. Quien tiene salud, desea otras cosas que no tiene, y no podemos ser tan capullos de odiarlos por eso. Seguramente, si yo estuviera sana, ni siquiera saldría a correr. Sería una gorda, vaga y sedentaria apalancada en el sofá, deseando poder acudir a una gala de los Oscar. ¡Y vosotros también! Y esa tía con cáncer que dice amar tanto la vida, cosa que no dudo, no tiene por qué amarla más que una persona sana. Estar enfermos no nos convierte en unos abanderados de la vida, ni en un ejemplo de nada, ni siquiera nos convierte en unos valientes, porque no lo somos; valientes son los que tienen la opción de luchar o huir y deciden quedarse a afrontar la batalla, pero todos nosotros somos unos cobardes que saldríamos cagando leches si pudiésemos hacerlo. Y esa tía también. Si esa tía pudiera, se dedicaría a perder el tiempo, como hace todo el mundo. 
>>Es muy fácil dar clases de moralidad a los demás con esas frases azucaradas de “Ama la vida, es maravillosa” o “No pierdas el tiempo, que es efímero” y todas esas idioteces. La vida no es maravillosa, es dura, y es dura para todos: los enfermos y los sanos. Al igual que un pobre no nos viene a exigir que apreciemos nuestro dinero, o un sin techo no nos recrimina lo poco que cuidamos nuestra casa si la tenemos sin barrer, nosotros no somos nadie para hacer sentir mal a las personas sanas con esta clase de vídeos."



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